"El pilar fundamental de la modernidad pictórica y la tradición académica en el levante español."
José Vergara Gimeno trascendió el rol de simple artesano para convertirse en un verdadero intelectual ilustrado. Fue capaz de asimilar profundamente la herencia del naturalismo barroco local fundiéndolo con las nuevas corrientes clasicistas de la Europa dieciochesca, encarnando así el proceso de madurez institucional de las Bellas Artes en Valencia.
Autorretrato
El pintor sosteniendo paleta y pinceles.
2 de junio de 1726
Parroquia de San Andrés, Valencia
Dinastía Artística
Hijo de Francisco Vergara "el Mayor" y hermano del eminente escultor Ignacio Vergara.
9 de marzo de 1799
Fallece en Valencia, dejando un legado incomparable.
La vida de José Vergara se desarrolla en un periodo de intensa efervescencia para la ciudad de Valencia, que anhelaba recuperar su preeminencia y esplendor tras la Guerra de Sucesión dictada por la coyuntura política y económica. En su juventud, respiró arte y disciplina humanística desde la cuna. Su aprendizaje inicial fue supervisado de manera rigurosa por su padre, el escultor y arquitecto Francisco Vergara.
Un elemento fundamental en sus primeros compases formativos fue el dominio técnico a través de la Cartilla de Principios de José de Ribera "El Spagnoleto". Esta pesada base naturalista, anclada en el realismo local y sincero del siglo anterior con referencias a Francisco Ribalta, le dotó de una solidez anatómica que le permitió, siendo todavía un niño de escasos siete años, ejecutar dibujos del natural con una precisión que asombraba a propios y extraños.
A los trece años, ansioso por explorar mayores retos técnicos, ingresó en la prestigiosa y concurrida academia privada del maestro Evaristo Muñoz. Allí no solo logró perfeccionar de manera obsesiva el dibujo de estatua y modelo vivo, fundamentales para la pintura histórica y religiosa, sino que logró experimentar con la noble y compleja técnica del fresco. Tan aventajado resultó, que se dice realizó su primera obra mural a esa temprana edad.
Vergara se erigió como un creador de carácter marcadamente tenaz y autodidacta; de mente inquieta, devoraba tratados de teoría del arte, de anatomía y de perspectiva. Constantemente coleccionaba estampas de maestros italianos y flamencos buscando asimilar las innovaciones foráneas —especialmente los aires rococós y la transición al neoclasicismo— mitigando de este modo la ausencia del tradicional viaje de ampliación de estudios a Italia o a la Corte real madrileña.
La labor educativa se convertiría en su obsesión y un auténtico testamento espiritual. A la muerte de Evaristo Muñoz y la eventual disolución de las academias de dibujo privadas, Valencia quedó sin un faro para el aprendizaje sistematizado. Vergara, siendo un intelectual acérrimo, percibió que el modelo gremial tradicional estaba obsoleto; el arte debía tener entidad científica y humanista.
Alentado por esa visión integradora y progresista, redactó estatutos y capitaneó iniciativas junto a su insigne hermano Ignacio Vergara y otros ilustres de la ciudad. Fruto de esta perseverancia y tenacidad encomiables nacería la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, que en 1768 recibió de manos del monarca ilustrado Carlos III su estatuto real definitivo. José Vergara lideró un sistema de dignificación que convirtió la pintura en una elevada arte liberal, legando a Valencia una institución formativa que sería el crisol de genios en siglos venideros (desde el academicismo hasta figuras de la talla de Sorolla).
La obra vergariana comprende un vasto universo iconográfico donde su genio encontró cénit en el ámbito sacro y la retratística oficial.
En su vertiente retratística vinculada al ámbito de la monarquía, Vergara abrazó primero el "tono francés" con la minuciosidad de los encajes y bordados en la efigie de Fernando VI. Sin embargo, su obra alcanza una sobriedad depurada bajo el reinado de Carlos III.
En este espléndido retrato de Carlos III, el maestro valenciano abandona la teatralidad barroca para centrarse en un modelo influenciado claramente por el neoclasicismo dictado por Anton Raphael Mengs. La efigie transmite majestuosidad, serenidad racional e integridad, valores cardinales exigidos por las reformas del despotismo ilustrado. La materialidad de las telas y el porte erguido revelan el virtuosismo técnico adquirido por Vergara.
La producción sacra constituye la columna vertebral de Vergara. Sus telas para altares y la grandiosidad en la ejecución de los frescos de numerosos templos levantinos son prueba de una espiritualidad que buscaba conmover al espectador a través de la armonía, el equilibrio estático de las figuras y el sublime y poético trato lumínico de raigambre clasicista.
Pintura académica donde el tema veterotestamentario sirve de excusa para realizar un magistral estudio de las emociones contenidas y el dolor. El modelado escultórico de los ropajes ratifica su destreza.
Composición dulcificada encuadrada en la transición estilística al neoclasicismo suave. Las actitudes reposadas y la delicada simetría demuestran su ideal de la belleza académica.
Pintura intimista impregnada de ternura. Destaca en la obra el empleo de paletas más claras y nacaradas, evidentes señas de identidad que caracterizan la escuela de San Carlos bajo su mandato.
Drama estético resuelto sin exageraciones barrocas extremas, priorizando el dolor contenido, un diseño anatómico veraz de Cristo y claroscuros tenues sobre las carnaciones lívidas.
Claro exponente del tipo iconográfico devocional popularizado por Vergara; idealización femenina y serenidad que evoca los prototipos de Guido Reni.
El cimiento pedagógico fundamental propagado por Vergara fue siempre el dibujo riguroso y analítico. Antes de cualquier exploración con el pincel, la forma debía estar perfectamente delineada, comprendiendo tanto la musculatura subyacente como la proporción ideal. En este respecto, las tres figuras de busto reflejan esta insistencia académica obsesiva por atrapar la expresividad gestual humana y su fisonomía exacta.
El tránsito estético experimentado por Vergara es fascinante: comienza anclado a los tonos terrosos y dramáticos propios del barroco dieciochista. Conforme afianza su carrera y asimila estampas europeas, su colorido experimenta un aclaramieto prodigioso. Integra así gamas cromáticas mucho más amplias, vibrantes y luminosas ("francesas"), alejándose definitivamente del tenebrismo para favorecer luces difusas y uniformes; la propia "luz de la Razón" y la Ilustración se plasmaba en los pigmentos.
A nivel técnico, destacó inconmesurablemente como fresquista siguiendo los manuales de Antonio Palomino. Sus soluciones decorativas al fresco de techumbres y bóvedas en iglesias de toda la provincia ostentan unas composiciones audaces y trampantojos arquitectónicos asombrosos.
La gran victoria de Vergara fue transformar irrevocablemente la enseñanza, pero además, su prolífica obra original sigue preservada y expuesta permanentemente en algunas de las instituciones culturales y templos más importantes de España. Puedes contemplar su magisterio en las siguientes ubicaciones:
Posee la mayor colección de sus bocetos preparatorios, lienzos académicos y sus magistrales autorretratos.
Web Oficial →Alberga en sus muros numerosas obras magnas, destacando vivamente el impresionante Martirio de San Erasmo.
Web Oficial →La ilustre sede madrileña cuenta con óleos clave en su vasta colección como "Méntor avisando a Telémaco".
Web Oficial →En esta majestuosa basílica las pechinas están decoradas al fresco con un asombroso ciclo de Heroínas Bíblicas.
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